El nuevo (des)orden mundial pospandémico

La llegada del COVID-19 claramente ha marcado un antes y un después en la historia del
mundo en el siglo XXI. La tecnología, la política, la economía y la sociedad han cambiado
progresivamente para «adaptarse» a este nuevo escenario.
¿Hacia dónde avanza el mundo? ¿La pandemia es un punto de inflexión en el rumbo que
llevaba el mundo o simplemente es un obstáculo en el camino? ¿El mundo va a seguir el
mismo rumbo que tenía antes de la pandemia? Estas son algunas de las interrogativas que
surgen tras el COVID, y aunque parezca que ciertas cosas han tenido que detenerse o
pausarse, toda la maquinaria del mundo sigue funcionando, aun cuando no nos demos
cuenta.
La pandemia puede proyectarse como un ‘acelerador del cambio’, pero a su vez se puede
ver como un ‘cambio de juego’, debido a que se ha visto un notable cambio en el poder
geopolítico, se ha acelerado el proceso de desoccidentalización y también se ha visto una
retirada ensimismada de Estados Unidos.
De igual manera, hay que tener en cuenta que la tecnología está avanzando velozmente
y las enormes empresas digitales poseen más poder que antes, e influyen cada vez más
geopolíticamente.

Este artículo se propone analizar el nuevo (des)orden mundial pospandémico.

nuevo desorden mundial pospandemico

El orden mundial desde la Gran Guerra a la Guerra Fría

Como muestra la historia, el final de los conflictos bélicos han dado paso a la reoganización; un nuevo orden geopolítico es discutido, negociado y finalmente, acordado. La victoria se ha basado en la asignación de poder, en el cual cada potencia ha seguido su línea, dependiendo de sus intereses económicos y estratégicos. Al final, son los líderes de estos poderes quienes definen los términos del acuerdo y el esquema de un nuevo orden.

Hacia el final de la Primera Guerra Mundial, el presidente estadounidense Woodrow Wilson anunció los famosos «14 puntos» en un discurso ante el Congreso de su país en 1918. Estos puntos expresaban el internacionalismo liberal, y luego se convertirían en las vías principales del Tratado de Versalles y la Liga de las Naciones. De la misma manera, los líderes de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos, la URSS y Gran Bretaña se juntaron en 1945 en Yalta, Crimea con el fin de discutir el fin de la Guerra del Pacífico y definir los perímetros del orden geopolítico de la posguerra.

La violación de los acuerdos en Yalta de parte de la URSS dio paso a la Guerra Fía en 1947; el nuevo orden mundial nació por parte de intelectuales y diplomáticos estadounidenses conservadores que calificaron en un «momento unipolar», y a pesar de poseer un gran poder militar, EE. UU. tuvo que compartir su hegemonía con otras potencias.

Dichos acontecimientos demostraron que un orden geopolítico con normas, convenciones e instituciones en el que se sustenta, puede ser desarticulado no sólo por un conflicto mundial sino también por movimientos sociales y políticos.

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Orden mundial y COVID -19

La pandemia del Covid-19 ha traído un aceleramiento en ámbitos económicos, sanitarios, tecnológicos, sociales y políticos. La emergencia sanitaria ha reflejado un cambio en la política mundial, incluido el declive de la hegemonía estadounidense y el ascenso de China como potencia económica-tecnológica. Pero, al mismo tiempo, ha afectado a los organismos multilaterales globales y regionales, especialmente en el contexto del deterioro y parálisis del sistema de la ONU. Por ello, es importante pensar en cómo reinventar el multilateralismo.

Mientras la comunidad internacional enfrenta las realidades de una grave emergencia sanitaria, humanitaria y económica, el orden internacional está pasando por una reestructuración total. Pensar en el futuro de la política internacional en un escenario pospandémico crea dos grandes laberintos y sus límites: el primero es la cuestión de poder y el epicentro del orden internacional; el segundo se concentra en el cambio institucional que fertiliza las estructuras multilaterales y las interacciones entre Estados y sociedades. La conexión entre ambos nodos se está redefiniendo por el impacto mundial de la pandemia y la aceleración del cambio que se está produciendo en la política global de las últimas décadas.

La pérdida de liderazgo de Estados Unidos ha sido identificada como una de las características más destacadas de la «vida cotidiana» del sistema global durante la crisis sanitaria. Del otro lado del escenario, China está emergiendo como una potencia global, una posición que se basa en un esfuerzo conjunto para combatir este virus, fortaleciendo su posición económica y tecnológica. La iniciativa solidaria de Pekín también llena el vacío dejado por Washington en las relaciones con los socios históricos del trasatlántico. La internacionalización de la lucha contra el Covid-19 ha exacerbado la politización de la oposición a los proyectos de poder con consecuencias económicas, políticas y militares.

Las tensiones entre Estados Unidos y China se derivan de la estrategia de confrontación que Estados Unidos ha seguido desde la victoria de Donald Trump en 2016. Reflejando los patrones y prácticas de diferentes ciclos bipolares, la relación entre las dos fuerzas se dirige simultáneamente hacia el conflicto y el equilibrio. Al mismo tiempo, las prioridades de cada poder son claramente diferentes. En el caso de EE. UU. es para proteger un sistema económico relacionado con un estilo de vida donde el soporte económico es el dólar. Por otro lado, en China lo primero es la protección del poder estatal, que tiene que ver con mecanismos efectivos de cohesión social que dependen de la preservación del bienestar colectivo y la capacidad de integración de los territorios. Para amabas potencias, definir a la pandemia como una amenaza para la paz y la seguridad mundial sería contrario a los intereses de ambos países, ya que la crisis sanitaria se ha convertido en un asunto de seguridad y exige plena soberanía en su gestión.

El impacto de la pandemia ya apunta a un fuerte aumento de desigualdad y pobreza a nivel mundial, lo que requiere de una respuesta colectiva con impulso político y social, junto con importantes compromisos de recursos para fortalecer la capacidad de entregar bienes públicos en todo el mundo. Estas medidas dependen de grandes esfuerzos para revivir el multilateralismo y la cooperación internacional.

¿Bipolaridad o posible nueva Guerra Fría?

La pandemia del Covid-19 no solo cambiará el mundo, sino que también acelerará las tendencias existentes en todo el mundo. Es posible que estemos presenciando de un «bipolarismo entrópico» entre EE. UU. y China. Parte del futuro global depende de estas relaciones, y América Latina no se escapa de este proceso.

El mundo actual es distinto. La crisis sanitaria expone un mundo desconcertado y caótico en el que se yuxtaponen actores, agendas y dinámicas, reflejando un grado de incertidumbre sin precedentes. Por otro lado, se pueden distinguir dos polos de poder estatal bien definidos. La dinámica de cooperación o conflicto determinará el nivel de gestión y control sobre las tendencias globales emergentes y disruptivas más frecuentes. La combinación de las dos características revela la composición del orden internacional, denotado «bipolarismo entrópico». A diferencia de la Guerra Fría, las grandes potencias desbordan muchos aspectos de la dinámica internacional. Sin embargo, incluso en un mundo de desorden, hay dos factores para cambiar los resultados, modificar el comportamiento y dar forma a las preferencias de otos actores.

Mientras que el proceso de difusión del poder y el desorden se relaciona con agendas más complejas, el proceso de transferencia de poder y la construcción de dinámicas bipolares tienen que ver con el manejo de agendas diferentes. Aquí, la relación bilateral entre Estados Unidos y China se vuelve central y fundamental para la evolución del orden internacional en un entorno decisivamente entrópico.

Posiblemente, uno de los retos principales que enfrentará el mundo después de la pandemia, será evita caer en la «Trampa de Tucídides». Uno de los arquitectos intelectuales el Plan Marshall, Charles Kindleberger, afirmó que la desastrosa década de 1930 comenzó cuando Estados Unidos no logró asumir el papel de Reino Unido como proveedor de los bienes públicos globales.

En este contexto actual, las relaciones sino-estadounidenses son esenciales para administrar y controlar la intensidad, la velocidad y el alcance de los procesos que están acelerando los riesgos y desequilibrios globales. Estos desequilibrios pueden afectar seriamente a América Latina.

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El papel de América Latina postpandemia

América Latina presenta un gran desafío, debe ayudar a establecer estándares, o simplemente aceptarlos. Este reto se vuelve aún más grave cuando existe un escenario de confrontación política.

La actual crisis sanitaria y los horizontes que abre plantea muchas interrogantes. A nivel mundial, parece que hora de repensar la globalización desde una perspectiva de modelo diferente y fusionar las agendas sociales y ambientales para sentar las bases de un Estado fuerte, eficiente y democrático que trabaje por una recuperación común.

Es evidente que, en Latinoamérica, el virus ha agudizado las desigualdades sociales y territoriales existentes y agravó las carencias estructurales en torno a la falta de acceso a la salud, la ineficiencia de la estructura sanitaria, la informalidad, la brecha digital y salarial, que dio paso a un «cóctel» potencialmente explosivo.

Es posible en este marco entrar en un «tiempo extraordinario» en el que la emancipación cognitiva de la multitud mueva un vuelco estructural, pero ciertamente en una situación postcovid caracterizada por una desigualdad creciente y la aceleración del neoextractivismo, a ciencia cierta, no sabemos hacia qué transición nos estamos dirigiendo. La era política no solo se está acelerando, sino que además, el cansancio y hartazgo social, podría amenazar la forma actual de la crisis política, social y económica.

La memoria histórica muestra que toda crisis conlleva cambios en el orden mundial y la gobernanza global. América Latina, no sólo debe estar atenta a los cambios, sino que debe promover un consenso mínimo que proteja sus intereses.

¿América Latina con China o Estados Unidos?

La posición de Estados Unidos sobre la presencia de China en América Latina (AL) se ha radicalizado. Barack Obama (2009-2017) fue tolerante con la presencia económica de China en América Latina, pero dejó una advertencia cuando los secretarios de Defensa de Donald Trump visitaron la región, denunciando los peligros de esta presencia. Estados Unidos ha exigido a China que asuma la responsabilidad con respecto a la pandemia, y ha solicitado al Occidente de manera general, a sus dos aliados (Reino Unido y Francia) que se unan a él.

Para AL, el principal problema de America First es que limita el alcance de la acción internacional por su impacto en el desarrollo económico en un contexto de crisis social, sanitaria y política. Con la elección de Biden en 2020, es posible que se fortalezcan las relaciones, se impulsa el multilateralismo para que haga frente al desafío chino.

América Latina no tiene oportunidad política de tomar una postura crítica contra EE. UU. en relación a la competencia sino-estadounidense por la hegemonía de influencia, o a la confrontación sobre el origen del Covid-19 y el tratamiento en el marco de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Por otra parte, y desde el punto de vista de la economía política internacional, la situación de los países latinoamericanos es muy débil. La estructura de las relaciones económicas que China ha ido construyendo en la región ha desplazado la vulnerabilidad económica de AL ante el poder económico hegemónico de Estados Unidos. Siete de cada diez países latinoamericanos tienen a China como principal socio exportador, Argentina, Brasil, Chile, Perú, Ecuador, Uruguay y Venezuela. El comercio entre China y AL creció rápidamente.

A pesar de que China ha tenido más presencia en América Latina desde la crisis sanitaria, AL depende en gran medida del comercio y las finanzas, y su debilidad se extiende a la política, lo que dificulta adoptar una postura crítica con respecto a China.

La región latinoamericana no habla con una sola voz, ya que los sistemas de gobernanza expresan distintas opiniones y posiciones ante la política y la economía internacional. Los países de América Latina, no solo han perdido la fe en la cooperación, sino también en la integración y el trabajo en equipo con el resto de países para intentar tener un lugar en el tablero mundial. Por último, AL no tiene una posición crítica frente a Estados Unidos, y esto a su vez, ha perjudicado las relaciones con China.

Conclusiones

  • Con la pandemia se evidenció aún más la desigualdad que existe en mundo, por eso es
    importante que exista una corrección de desigualdades, en donde todos los países se
    ayuden mutuamente para avanzar y desarrollarse de manera que atiendan a sus intereses,
    y exista una mejor calidad de vida.
  • China ha jugado un papel estratégico en la región de América Latina tras la pandemia,
    logrando posicionarse en el territorio latinoamericano. A pesar de que Estados Unidos
    siga siendo la primera potencia militar, ahora importa más lo tecnológico y China va
    mucho más adelante que EE. UU.
  • El potencial de China es evidente, pero con la emergencia sanitaria se ha priorizado a
    la humanidad común, por lo cual ha demostrado que las identidades son transnacionales
    a pesar de la globalización.

Sobre la autora del artículo: Angie Garrido Ortega.
(Ecuador, 1999). Comunicadora ibarreña, futura Relacionista Internacional y pet lover. En su tiempo libre le gusta leer temas de guerra, feminismo y novela filosófica. De vez en cuando escribe sobre temas de conflictos y política.

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